Es habitual que a los periodistas se nos califique de buitres. De carroñeros. De malas bestias. Cuando vamos a informar sobre una tragedia, los insultos vuelan como puñales y van embadurnados con una buena dosis de hiel.
El asunto tiene su gracia: la misma gente que te acusa de fomentar el morbo le pregunta al de al lado de qué cadena eres y a qué hora se emite tu informativo, y, cuando llega el momento, se planta frente a la tele para ver qué cuentas.