Cuando vi los aviones haciendo trizas las Torres Gemelas, pensé que deliraba. Llevaba no sé cuántos días con 39 de fiebre, peregrinando de hospital en hospital, cada vez más convencida -maldita hipocondria- de que el hecho de que me diagnosticasen hoy infección de orina, mañana anginas y pasado no sé qué de cervicales, no podía ser otra cosa más que un cáncer con metástasis.
Aquel 11-S llegué al hospital definitivo, más limpio y pulcro que los anteriores. Con tele en la sala de espera. Y fue entonces cuando vi a Ana Blanco contar lo de los aviones. Y a los aviones en sí estrellándose. Mientras, yo me estrellaba contra mí misma y creía que el sufrimiento del mundo no eran más que alucinaciones propias de una mente calenturienta como la mía.