sábado, diciembre 18, 2010

Día de Esperanza

Hoy más que nunca el cuerpo me pide estar en Sevilla. Cruzar el puente de Triana, enfilar la calle Pureza, llegar hasta la Capilla de los Marineros y arrodillarme a los pies de esa Esperanza Trianera que me da la vida. Después de verla, de hablarle, de pedirle, de rezarle y de quererla, desandaría mis pasos y, en sentido contrario, pasearía hasta San Gil, para encontrarme con la Reina de Sevilla, con esa Esperanza Macarena que es todo elegancia y señorío, que te mira y te desarma, que parece cogerte en sus brazos y mecerte arropada con su manto.

A menudo me pregunto cuál de las dos elegir. Sevilla o Triana. Elegancia o duende. Dulzura o tronío. Belleza etérea o personalidad flamenca. Y siempre me quedo con las dos. A las dos las quiero, a las dos les pido y por las dos espero cada Madrugá las horas que hagan falta, aunque se me cierren los ojos, aunque me pueda el cansancio y tenga el cuerpo entumecido.




Este año tengo mucho que pedirles. Como siempre. Pero sobre todo tengo mucho que agradecerles. Y Ellas saben por qué.

Para que os empapéis de su prestancia, os dejo dos vídeos que me parecen dos joyas. Uno, el encuentro casual e histórico de ambas en la Catedral de Sevilla (Madrugá de 1995): escalofriante. Otro, la saeta que cada mañana de Viernes Santo canta Pastora Soler a la Macarena, ya de recogida: sin palabras.



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