viernes, septiembre 04, 2009

Citas ajenas

Tengo abandonado el buen hábito de la lectura. Leo a sobresaltos, a golpe de titular, a compás de ratón, a ritmo de click, pero paso pocas páginas. Y así me va.

Hoy, que el calendario me recuerda que hay que pasar página con más determinación que nunca, vuelvo sobre las letras para recrearme en algunas de las citas que quiero conservar de mi última lectura, Cuentos de amor (VV. AA., Ed. Páginas de espuma, Madrid, 2008):

No llegamos nunca a presenciar el desenlace, pero no se trataba de eso, lo importante era que se inflamaba de pronto lo inesperado sobre el vapor de lo cotidiano, y todo lo que de ordinario era oscuro quedaba iluminado, porque lo más grave de la monotonía es que produce la ceguedad que, aunque estemos en la misma luz, no vemos, y no creo exagerado decir que sólo a la luz de esos intermitentes chispazos se puede comprender el mundo. ("Eros bifronte", Rosa Chacel).

Se ha acabado. El amor se acaba. Y acaba así, quietamente.
("Felicidad", Mercé Rodoreda).


Esta es la historia de un encuentro. Un encuentro necesario en el momento justo. Sugiere que la vida se las arregla para sorprender a los mortales con regalos inesperados.

Se piensa entonces que no es casualidad, sino el reflejo de la inteligente armonía del universo. Los enamorados lo han sabido siempre, al margen de la moda filosófica de su época. ("¿Te gusta Brahms?", Linda Berrón).

Los sucesos pueden leerse de tantos modos como la gente quiera porque la realidad es complaciente con el fantasioso intelecto de los mortales. ("¿Te gusta Brahms?", Linda Berrón).

Cancelada quedó la época en que fingía deseo para obtener amor, mientras él fingía amor para obtener sexo. Un espantoso malentenido. Por eso el fracaso llegó pronto, inevitable. ("¿Te gusta Brahms?", Linda Berrón).

P. D.: Menchu, Verónica, GRACIAS. Por el libro y, sobre todo, por vuestra amistad. Os echo de menos.

miércoles, septiembre 02, 2009

Versos robados


El peso liviano de la brisa
que se llevó el festín de despedida
de mi azulete clásico...

J. P. R.

martes, septiembre 01, 2009

Cuestión de peso

–¿Cuánto pesa una oreja?
–Es cartílago, ¿no?
–Y el cartílago, ¿pesa más o menos que la grasa?
–Más, creo.
–¿Y más que el músculo?
–Uf, no, más que el músculo no.
–¿Y dos orejas?
–Dos orejas pesan una puerta grande.
–¿Y todas las puertas grandes miden igual?
–No, unas son más grandes que otras.
–¿Por ejemplo?
–Por ejemplo, la que cruzó Perera en Colmenar.
–Ah. ¿Y la de Castella?
–La de Castella, ¿qué?
–Que también cruzó la puerta grande de Colmenar.
–Ya.
–Que si es igual que la de Perera.
–Pues depende.
–Depende de qué.
–De lo rápido que ande el presidente al sacar el pañuelo.
–Ah. ¿Y cuándo lo sacó más rápido?
–Con Castella.
–¿Y eso?
–La gente gritaba más.
–¿Más?
–Sí, es lo que tiene la testiculina.
–¿Y la clase? ¿Qué tiene la clase?
–Pues la clase... la clase, hijo, está ahí, pero no la ve todo el mundo. Y claro, luego parece que vale igual que lo demás.
–Pero no, ¿no?
–No, hijo, no. La clase es otra cosa.

P.D.: Más información en Burladero y Mundotoro. Sixto está conmigo. Josemi, menos. La crónica de El Mundo me cuesta encontrarla. No sé qué han hecho con la "Edición Impresa" en su web. Pero la encuentro. Y Lucas también opina como yo. Pero juro que lo del peso lo puse antes de leerle. Qué palabra va a emplear alguien que vive subida a la báscula.

martes, agosto 25, 2009

Verde

Todo empezó por una mirada. Tú dices que por una mirada en verde, a pesar de que tu color es el azul. Y dices que, si no fuera por el verde, quizá no estaríamos aquí.

Luego llegó el café. Un café rápido, en una tarde en la que lo de menos era beber nada, porque, en realidad, lo único que queríamos era comernos la vida a bocados, en un festín regado por sorbitos de nuestra historia, que se iba haciendo más y más lejana cuanto más presente la hacíamos, palabra a palabra. Y, a fuerza de nombrarla, ya ni dolía. Con tantas espinas como nos había clavado.

Unas horas más. Unos cuantos mensajes. Creo que una llamada. Y espera. Y ganas. Y preguntas. Y... y toda una tarde más.

Y, de nuevo, una mirada. Esta vez, algo más directa, que llevaba prendido algún que otro beso.

Y música. Y letras al oído.

Y lo demás ya lo sabes.

Cuatro meses. Una vuelta de tuerca en cuatro meses. Y ahora, por fin, parece que todo encaja. Aunque empezó a encajar hace tiempo.

Y si no fuera por el verde, nada de esto habría sucedido.

Verde. Y nosotros empeñados en el azul.



"Ojos verdes", Rocío Jurado.

jueves, agosto 06, 2009

Sin rumbo

Sin rumbo.
Sin norte.
Sólo sur, sudoroso y asfixiante.
Sin ganas.
Sin sed.
Sin sueño.
Sólo silencio, que golpea, martillo cruel, las neuronas débiles y marchitas.
Sin nada.
Sólo con tiempo. Con demasiado tiempo.

miércoles, julio 15, 2009

Mi verdadera historia. Deportes de riesgo

Después de meses, muchos meses sin recordar esta historia –escrita en el año 2002... lo digo para quienes se empeñan en ver en ella ecos del presente–, hoy la retomo... para ver si retomo, al mismo tiempo, mis ganas de darle a la tecla. De corregir lo ya escrito y de sacudirme mi vagancia incorregible para escribir de nuevo.

Quienes quieran perderse en el hilo del relato, sólo tienen que buscar la etiqueta "Mi verdadera historia".


(...) A punto han estado de confirmarse los temores de Chihuahua. Las premoniciones, más bien, que yo creo que temer, lo que se dice temer, este simulacro de adolescente no le teme a nada. Pero a lo que íbamos, que por poco no paso de la tercera pedalada. Que después de unos diez años sin subirme en una bici que no fuera ese remedo de potro de tortura que gastaba mi Arturito, casi no sabía ni mantener el equilibrio. Y casi sin casi. Menos mal que he sido precavida –eso siempre, fíjate tú- y me he llevado a mi amiga la bici a un lugar apartado de la civilización, a salvo de miradas asesinas y lenguas viperinas, para allí recrear la patraña de nuestra reconciliación. Hubiera sido insultante montarme en la misma puerta del bloque y allí encontrarme con el vecino, recién duchadito y con olorcito a Nenuco, presto para pasear su precioso perro de su no menos preciosa mano. No, eso sí que no. Humillaciones las justas. Sobre todo si es por aquello del deporte.

La aventura no ha durado más de veinte minutos. Yo diría que apenas ha llegado a quince, la verdad. Es que me ha costado pasar de la cuarta pedalada, ¿saben? Y sobre todo me ha resultado duro encontrar un huequecito en este pueblo que no estuviera ocupado por frustrados veraneantes a la espera de un milagro que les alargue las vacaciones, como una especie de cirugía de nueva generación, de ésas que siempre tienen un roto para un descosido.

En cualquier caso, la experiencia ha sido emocionante. No está mal eso de hacer ejercicio físico. Y menos si se trata de un deporte de riesgo. Aunque bueno, ahora que lo pienso, en mi caso siempre resulta un riesgo, y no vean qué riesgo, practicar cualquier tipo de deporte. El dale que te pego no se hizo para mí. Y no te rías, Arturo, que te estoy viendo. Y como me toques la moral, empezaré a dar detalles. Y luego dirás que si la abuela fuma.

P.D.: Esto me recuerda, y esta vez es cierto, una conversación que tuve ayer con mi hermano, el de verdad, no el del relato. También iba sobre bicis. Y también me hizo replantearme si es cierto aquello de que algunas cosas son como dar pedales, que no se olvidan nunca. Como la canción... "lo dudo, lo dudo, lo dudooooooooooo...".

lunes, julio 13, 2009

Un regalo


Que la brisa te conserve azul
tu ilusión,
y tu tesón
por seguir dando lo mejor de ti...
por intentar hacer un camino
más llano
y apartando las piedras de tu "destino".

J.P.R.

martes, julio 07, 2009

Descanso en azul


Iba a escribir que lamento no haber escrito. Pero no. No voy a ponerme ninguna venda, porque no estoy herida.

No lamento nada.

No tengo llagas sangrantes.

No hay hiel que me amargue.

No me duele la vida, aunque siga vistiendo de luto alguna que otra madrugada.

Me tomo mi ausencia como un descanso. Como una manera de encontrarme tras haberlo encontrado y doy por buena mi vagancia porque sé que no es perpetua.

He descansado. O descanso.

Y descanso en azul.



Elefantes, "Azul" (con Enrique Bunbury)

martes, junio 16, 2009

Tú

Tú que me has dado todo. Que me regalas tu vida. Que me despiertas con tu sonrisa y sacas del letargo esa sonrisa mía que dices que te gusta y que he empezado a sacar ahora del baúl de los recuerdos, después de tanto tiempo escondida, tanto que la había dado por perdida.

Tú que me has esperado. Con paciencia infinita. Con cariño inmenso. Con la esperanza de que cada día siempre tendrá un mañana.

Tú que me has sacado del abismo. Que has agitado tanto sentimiento. Que has roto barreras con sólo una caricia. Con una mirada. Con el halo invisible de una respiración contenida.

Tú. Tú que... que ya eres yo.



Rosana, "Llegaremos a tiempo".

viernes, junio 05, 2009

Esplá infinito


Se ha ido como se van los mitos. Por la Puerta Grande y con el alma pequeña, encogida de tanto pellizco. De tanto genio. De tanta esencia. De tanto derramarse. De tanto sentirse. De darse más que nunca. De vaciarse por completo. De desnudar el corazón y ponerlo, vuelta y vuelta, sobre una arena que ya no era arena, sino cielo, cielo de verdad, cielo azul y limpio, sin una sola nube, cielo en calma a pesar del vendaval, que el viento no eran más que palmas y laureles para ceñir su cabeza.

Esplá se ha ido, y se ha marchado, maestro como siempre y torero como nunca, acariciando el ideal con la yema de sus dedos.

Me pregunto qué sentirá cuando sienta que se ha vaciado tanto. Si se sentirá vacío. Si, por el contrario, se sentirá más pleno que nunca. Si sentirá sentirse tanto. O si sentirá no haberse sentido antes. Antes o durante más tiempo.

Pero qué más dará el tiempo ahora. Qué cuenta contar si la medida de todas las cosas es, hoy más que nunca, la infinitud.

Foto: Juan Miguel Sánchez Vigil en Larga cambiada.

miércoles, junio 03, 2009

Apoderados

Se despeñaba la tarde, plúmbea y gris, por entre los ladrillos del patio de caballos. A lo lejos, brillos ajados en trajes de luces que esperaban mayor gloria. Con todo, gesto sereno, mirada al frente y cabeza alta.

El Cid atravesaba la arena venteña, de lado a lado, con sabor a hiel en los labios y poca templanza en el ánimo, consciente de que acababa de explotarle en las manos el último cartucho de un reencuentro con Madrid que, según iban cayendo las hojas del calendario, se convertía, sin solución de continuidad, en desencuentro abúlico, pleno de melancolía y ayuno de grandeza.

El toreo es así. Todos, hasta los más grandes, han tenido tardes. Y rachas. Y temporadas enteras. De no encontrarse, de no sentirse. De no verlo claro. De no tener suerte. De no. Siempre de no.

Y no ha pasado nada. Porque siempre se agazapa un sí al otro lado de los vuelos de la muleta. Y aquí paz y después gloria. Y orejas. Y puertas grandes. Y laureles. Y palmaditas en la espalda.

Pero no. Esta temporada no fue así. Se despeñó la suerte de El Cid por el abismo de una feria infausta y, al otro lado de la barrera, tras echarle el cierre a una tarde para olvidar, su apoderado aguardaba delante de los micrófonos -y hablo en singular con conocimiento de causa-. No cruzó palabra con ninguno de los medios. Ni un saludo. Ni siquiera un gesto, de esos que no hace falta acompañar de palabras porque llevan el sentimiento cosido en los poros de la piel. Nada. Como si no nos conociera a ninguno. Como si se hubieran olvidado de que en el toreo somos siempre los mismos, para bien y para mal, cuatro gatos mal avenidos, pero cuatro al fin y al cabo, condenados a entendernos porque nos tenemos que ver una tarde tras otra, aquí y allá, haga calor o frío. Y así una feria tras otra.

Se le olvidó. Se le olvidó el señorío. Y, en lugar de pedirnos, mientras esperábamos todos al torero, que no hiciéramos preguntas, esperó a que le tuviéramos delante e hiciéramos el mismo gesto que, tarde tras tarde, hemos repetido con cada torero que abandona la plaza, para conocer su opinión sobre el festejo. Para darle la oportunidad de expresarse. O de no decir nada. Pero, sobre todo, para cumplir con nuestra obligación de informar. Esperó, decía, a que le tuviéramos delante, para levantar la mano, apartar el micrófono y sentenciar con un agrio "Dejarlo, por favor".

¿Saben? Una, por periodista que sea, también tiene su corazoncito. Y si alguien le pide que no haga preguntas a una persona que no encuentra fuerzas para responder, una no las hace. Es así de mala profesional. Mala profesional, pero buena gente. Creo. Y respetuosa.

Pero, a partir de ahora, habrá que medir los respetos. No para con El Cid, desde luego, que me parece buen torero y mejor persona, sino para con un apoderado que, en lugar de hacer las cosas con el señorío sevillano que se le presume, se dejó llevar por la hiel de una feria echada a perder y perdió las formas con unos profesionales del periodismo que -ellos, nosotros, sí que no- no llevaban hiel en los micrófonos.

Por cierto, iba a hablar de otro apoderado. De Corbelle. Pero se me revuelven las tripas. Si trabajo me cuesta comulgar con la falta de señorío, no se imaginan lo que me repugna la mentira. Y no diré más que esto: Joao Folque, ganadero de Palha, SÍ fue a la enfermería a visitar a Israel Lancho. Servidora le entrevistó en la puerta. Aunque, ahora que lo pienso, quizá tampoco esté bien visto hacer entrevistas mientras en la enfermería se opera a un torero.

Qué cosas...

* * *

Actualización: Sixto Naranjo, que comparte conmigo y con otros cuantos compañeros cada tarde de alcachofing, también menciona el incidente en su blog -mucho más actualizado y recomendable que este Devezencuandario, que hace honor a su maltrecho nombre-. Gracias, Sixto.

domingo, mayo 24, 2009

El abuelo

No sé si habrá muchos hombres en el mundo que puedan morir con la dicha de haber visto cumplido su sueño. Con la sonrisa presta, el corazón sosegado, la memoria reconfortada por los recuerdos de la utopía hecha carne una tarde de tinta y oro, con sol y moscas, con horario y con fecha en el calendario.

Lo dudo. Porque lo dejó bien clarito Jardiel Poncela, que "En la vida humana sólo unos pocos sueños se cumplen; la gran mayoría de los sueños se roncan". Y el suyo no sólo se cumplió, sino que se convirtió en el sueño bendito, en la bendita gloria, en la utopía perfecta, en la ilusión reeditada, en la emoción revivida, de cientos de miles de almas que, gracias a su tesón, pudieron descubrir una tarde cualquiera, una tarde de sol y moscas, o de diluvio, o de aire, o de sombra, qué más da, pero descubrieron, al fin, la pureza, la esencia, la pasión más íntima del toreo, ese no sé qué que te deja la respiración contenida y, al mismo tiempo, te colma de paz, y te abre las puertas de la vida en el quicio mismo de la muerte...

Celestino se ha ido. Pero ha cumplido su sueño. Su nieto es figura del toreo. No. Más. Su nieto es torero de gloria, esencia, dolor, pasión, pureza, misterio... Y su sueño es, hoy más que nunca, nuestra ilusión cumplida.

Gracias. Y, donde quiera que esté, siga usted soñando. No se olvide. Su sueño es nuestra gloria.

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