Así que hoy no se me ha puesto nada por delante a la hora de subirme al andamio. Ni los vaqueros recién lavados -prefiero pensar que me están más justos por obra y gracia de la desgraciá de la lavadora que por los desmanes gastronómicos que me he regalado este veranito-; ni las agujetas por la sesión de gimnasio de ayer -como no se me ponga el culo en su sitio, durito, bien durito, con estas palizas, me cuelgo de las espalderas y hago huelga de hambre cabeza abajo-; ni los cientos y cientos y cientos de metros de tarima que hay que recorrer en Cibeles para apañarse un par de buenos directos. O por lo menos pasables.
Y de esta guisa, cinco centímetros más arriba que ayer -ay, si es que al final va a resultar que el tamaño sí que importa-, he descubierto la primera manicura de diseño que se realiza en una pasarela española -retrasadillos que vamos en esto de la onicofilia- y me he colado en el vestuario de Miguel Palacio para enseñar lazos, faldas, pliegues, cinturones y demás inventos primaverales antes que nadie. (Nota al margen: de Palacio serán los uniformes del personal que "regará" la Expo de Zaragoza y de Palacio también una tienda madrileña de próxima apertura por la que desfilarán sus incondicionales... ¿también Laura Ponte?).
Me ha sorprendido Miguel. Gratamente. Él y su equipo. Accesibles, calmados, serenos, didácticos, organizados y, sobre todo, sonrientes. Muy sonrientes. Y sencillos. Y sin ansia de cámara. Ni de micro.
El aura de los focos le gusta más a Torretta. Es lo que tiene vestir desde hace treinta años a tanta gente sttupenda.


