sábado, febrero 26, 2011

Toreros antisistema



Febrero se consume sin solución de continuidad. Se diluye en el último tercio y agoniza pegando gañafones por los dos pitones: hay que tener mucho valor para ponerse delante del toro de este mes corto y traidor.

Como remate de adorno, la Feria de Invierno de Vistalegre. Y en torno a ella, una pasarela de emoción e idolatría, de esperanza y vanidades. Valdemorillo fue el calentamiento y Carabanchel, la carrera definitiva por ver quién comienza la temporada con mejor aspecto. Besos de rigor, la mayoría falsos —por eso es mejor hacer como la menda y no besar a casi nadie—. Abrazos traicioneros con los dientes prestos a clavarse en el cuello del de enfrente —moraleja: mejor vestir de cuello alto—. Y supongo que también algún que otro apretón de manos sincero.


 


Muero de ganas por ver a Juan Mora. He trabajado unas cuantas horas extra para poder librar la tarde dominguera —y para poder comprar mi entrada, que está la cosa muy malita y el personal ahorra hasta en acreditaciones— y espero que el de Plasencia me haga feliz, aunque sólo sea un ratito. Lo tiene fácil: con un par de verónicas y tres o cuatro naturales de los suyos me doy por satisfecha. Y sí, sí, claro que quiero ver a Morante y a El Cid. Pero qué quieren que les diga, a ellos les ponen en todas las ferias y Juan Mora se va a quedar muchas tardes en su casita por reclamar lo que es suyo.

No es el único. El otro día me comentaba Israel Lancho que las está pasando putas —con perdón—. No era mi intención hablar de toros, sino de su paseíllo cibelino —qué porte, oyes, con los modelos de Montesinos—, pero los cuernos se impusieron y dejé a un lado la frivolidad de los trapos para escuchar su desahogo. «Estoy en una situación crítica —confesaba—. El año pasado maté sólo dos corridas de toros porque defiendo los mínimos, así que el invierno no está siendo fácil. Con esto de la crisis se están intentando aprovechar más que nunca, intentando que los toreros traguemos con cobrar menos de lo estipulado [o sea, con poner], y yo ante esta situación me siento como si me violaran».

Solución: echarle testiculina. Y allá que va Lancho: «Mi ilusión es matar otra vez la de Palha en San Isidro. Además, he oído que el ganadero va diciendo que le gustaría que uno de sus toros matase a un torero, así que aquí tiene una oportunidad más». Lo dice tan tranquilo. Sin excitarse. Sin levantar la voz ni mostrar ironía. Y supongo que habla así porque lo siente. En cualquier caso, suena a antisistema. «Se me tacha de rebelde —dice Lancho—, pero los rebeldes son los que no pagan a los toreros y pretenden hacernos comulgar con ruedas de molino».

No hay desengaño. Ni rencor: «Quién dice que no llego a Madrid, me salen las cosas bien y soluciono todo con veinte naturales». Israel afirma que ahora sí lo ve posible. Que se ha reinventado. Que su vida es otra desde que descubrió el coaching, una técnica muy de moda para despertar el talento, basada en la inteligencia emocional. Quién se lo iba a decir —y qué dirán los taurinos, me digo—. Gracias al coaching, Lancho tiene una sola meta: ser feliz. Disfrutar del día a día. Crearse como persona en cada muletazo. Si le dejan pegarlos en la plaza, bien. Si no, buscará el bienestar dentro de sí mismo. Pero, eso sí, no dejará que le chuleen.

Y vuelvo a acordarme de Juan Mora —otro que no se deja chulear—.Y pido por ver el trazo fino del plumín de su muleta dibujando eternidades sobre la arena de Vistalegre.

Publicado en Burladero.com.

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