domingo, octubre 14, 2007

Un gigantesco y absurdo sueño

"Sólo soy una niña de un pequeño pueblo en Georgia, quien tenía este gigantesco y absurdo sueño". Así, como si de una Cenicienta moderna se tratase -muy a lo Pretty Woman- se definió Julia Roberts en el homenaje que el rindió el viernes la Cinemateca Estadounidense.

Y resulta que la "niña" en cuestión, que quiso ser veterinaria pero estudió periodismo, terminó por convertirse, con poco más de veinte años, en la actriz mejor pagada de Hollywood, y hoy, dos décadas después de su salto a la gran pantalla, va por la vida pertrechada de una filmografía que supera la treintena de películas -en su mayor parte, grandes éxitos de taquilla-, un Oscar a la mejor actriz -por Erin Brockovich-, dos Globos de Oro a la mejor actriz -de nuevo por Erin Brockovich y Pretty Woman- y otro Globo de Oro más a la mejor actriz de reparto -esta vez por Magnolias de Acero-.

Para qué negarlo: me gusta la Roberts. Me gusta su sonrisa, clara y amplia, afable, aunque haya quien diga que tiene la boca como un buzón de correos. Me gusta su serenidad. Me gusta su vena camaleónica, su capacidad para adaptarse a cualquier tipo de mujer, por dentro y por fuera, delante de la cámara. Y me gusta su discreción. Esa difícil facilidad con la que la "novia de América" logra que, pese al indudable interés que despierta, no trasciendan a la esfera pública detalles de su vida privada que ella quiere seguir manteniendo como tales. Privados.

Creo que mañana volveré a ver Pretty Woman. Y después Novia a la fuga. Y eso porque no tengo La sonrisa de Mona Lisa ni Me gustan los líos, que dice mi primo Iván que fue el detonante para que me decidiera por someterme a la tiranía de la tecla. Tendré que volver a verla, por si acaso recuerdo alguna otra razón más para entender mi pasado, explicar mi presente y predecir mi futuro.

miércoles, octubre 10, 2007

[Sin título]

Se mira al espejo y no se reconoce.

Quisiera saber cómo ha llegado hasta allí.

Cómo es que ahora tiene todo el pelo blanco, blanco entero, con sólo treinta años, cuando hace apenas dos, justo antes de que empezase el final, tenía el pelo negro, pero negro negro, negro y fuerte, y estaba hecho un roble, y ahora, joder ahora, ahora no puede ni moverse de la cama y le ha costado un mundo levantarse al baño y, por el camino, agarrarse a la cómoda para mirarse al espejo.

Y joder, si es que no se tenía que haber mirado, coño, para qué se mira, si no han pasado ni dos años y parece que han pasado veinte, mierda, con lo bien que estaba, por qué se hizo el valiente, por qué no pidió ayuda, por qué se encerró, se encerró entre las cuatro neuronas de su mente calenturienta y puso esa máquina diabólica a trabajar a toda caña, dando vueltas, una, dos, tres, cuatro mil vueltas, y luego cuatro mil más, y así, una detrás de otra, y un día tras otro, joder, que parecía que no pasaban los días porque no podía dormir y se le juntaba la luna con el puto despertador, que no le despertaba porque no había dormido, sólo le recordaba que ahí tenía delante un día más, vaya mierda, un día más y una noche menos, que lo único que le gustaba era la noche, aunque no pudiera dormir, aunque sólo pudiera pensar, pensar y darle mil vueltas a todo, y todo para no llegar a nada, para no entender nada, y para que nadie le entendiera a él, para que no entendieran que no quisiera salir con nadie, que no quisiera hablar, que apagase el teléfono, que desconectase todos los cables, que casi no dijera ni "buenos días", que llegase, fichase, currase, volviese a fichar, se marchase a casa, le diera cuatro mil vueltas a todo y ale, otra vez a llegar, fichar, currar y así todo el tiempo, un día detrás de otro, y una noche, y otra más, hasta que el día se hizo noche, y la noche se hacía eterna, y un día, no sabe cómo, le dijeron que no volviera, que mejor que se quedase en casa, que se quedase al menos un tiempo, un tiempecito nada más, hasta que se sintiera mejor, pero resulta que el tiempo duraba ya casi dos años, y él no estaba mejor, ni iba a estarlo nunca, porque de día todo se veía igual que en la noche y la noche no se acababa nunca pero no le dejaba dormir y los pocos incondicionales que le quedaban le iban mirando como con pena, que creían que él no se daba cuenta pero sí, que sí, coño, que sí, que podía ser esquizofrénico, pero no gilipollas.

Foto: "Esquizofrenia", por "my_heart_flo" en Flickr.

Se acabó

Hoy es el Día Mundial de la Salud Mental y, para conservarla -si es que me queda algo de salud en ese aspecto-, nada mejor que cortar por lo sano con todo aquello que me perturba -más aún-.

Así que, lo dicho, se acabó.

Una pena.

lunes, octubre 08, 2007

Faltando un pedazo

El amor es un gran lazo,
una trampa que te aísla,
lobo que corriendo excita,
hace aullar a la jauría.
Comparamos su llegada
con la fuga de una isla,
tanto engorda como mata,
hace más cortos los días.

El amor es como un rayo
galopando en desafío,
abre sendas, cubre valles,
resuelve el agua del río.
Quien quiera seguir su rastro
encontrará en el camino
la pureza de un limón
o una soledad de espino.

El amor es la agonía,
va consumiendo despacio,
arrancando horas al hilo
hasta vencer el cansancio,
y al corazón de quien ama
le va faltando un pedazo
como una luna menguante
que se durmió entre sus brazos.

(Ana Belén y Juan Echanove, en el disco "Mucho más que dos", 1994)

domingo, octubre 07, 2007

De sueños y de razón


Ay. Me despierto sobresaltada. El sol entra por los huequecitos de la persiana, que nunca llego a bajar del todo, e inunda la habitación. Se cuela hasta mi cama y yo, nada más abrir el ojo, me dejo llevar por la agorera que hay en mí y me acojono pensando que si entra el sol es que es muy tarde, y que si es muy tarde es que me he dormido y no llego a trabajar, porque resulta que cuando yo me levanto no están ni las calles puestas y a la noche aún le quedan un par de horas de juerga.

Y cuando estoy a punto de gritar porque no se puede jugar con el despertador cuando tienen que renovarte un contrato, caigo en la cuenta de que es domingo. Coño, estoy peor de lo que pensaba.

Así que me rebozo un poco más en las sábanas, pego un tironcito de la colcha y, antes de dar media vuelta, cojo por banda a Umbral.

No hago ni caso al punto de lectura. No. Quiero releer. Volver sobre las marcas que voy dejando, con la esperanza de hacer una especie de comentario de texto que nadie leerá -quizá ni siquiera yo-, pero que me dejará tranquila la conciencia de lectora aficionada.

Así que abro Mortal y rosa por la primera página y me embobo en el segundo párrafo:

"Hay una época de la existencia en que uno decide ser sólo sus sueños, y el surrealismo es una adolescencia en cuanto que quiere alimentarse de sueños. Hay una madurez, un clasicismo -a cualquier edad de la vida- en que optamos por nuestra razón, por nuestro rigor, por nuestra estatura. Qué más da. Tan pueril es vivir de sueños como vivir de silogismos. Claro que se vive de lo que se puede, y tarda uno en aprender a vivir de realidades, de cosas, de objetos, como viven los seres naturales."

Toma ya. ¿Y qué hago si quiero vivir de sueños pero no tengo más cojones que rendirme a la evidencia del silogismo?

Foto: "La vida es sueño", por Avellanita, en Flickr.

sábado, octubre 06, 2007

La sonrisa de Charly

Le recuerdo siempre subido a una sonrisa. Tenía un punto de picardía, como si guardase en el quicio de sus labios el deseo de no terminar nunca de crecer. Como si se resistiera a perder la frescura -que de hecho cultivó hasta el final- y se negase del todo a adentrarse en la selva de los tejes y manejes y dimes y diretes de un mundo pretendidamente real en el que -fue de lo primero que me advirtieron- "los puñales silban por los pasillos".

Como me suele ocurrir con casi todo el mundo, también Carlos Llamas se me fue sin torear. La noticia de su muerte me cogió desprevenida, desperezándome frente al ordenador a eso de las siete de la mañana, mientras me colocaba los auriculares para escuchar el informativo local de la cadena de radio en la que le conocí. Su casa. La SER.


Cada noche durante seis meses, Charly -así le llamaban todos y así le recordaremos siempre quienes, de un modo o de otro, trabajamos a su lado- se encargaba de poner el timbre inconfundible de su voz serena, profunda, a la apertura y el cierre del programa en el que aprendí lo poco -poquísimo- que sé de economía, "Hora 25 de los Negocios". Llegaba, se sentaba a un lado de la mesa -nunca en el centro-, leía la entradilla y se marchaba, no sin antes regalar una de esas sonrisas suyas, que no sabías muy bien lo que querían decir, pero eso daba igual, porque lo importante no era lo que Charly te dijera con los labios, con los labios y los ojos chispeantes; lo importante era precisamente su intención. La intención de hablarte. Con los labios y los ojos. La intención de decirte "Hola, estoy aquí y soy tu compañero". Lo importante era demostrarte que existías. Y eso, cuando se trata del director de una de las tertulias más importantes de la radiodifusión española, qué quieren que les diga, hace que a una le suba la concentración de ego por momentos. O que al menos pueda reconciliarse consigo misma. Me sonríen, luego existo. O así.


Debí aprender más de Carlos Llamas. Escucharle más, observarle más, acercarme más. Escribirle de vez en cuando. Llamarle alguna vez. Ahora sería mejor profesional.

Pero, sobre todo, debí sonreírle más. Sonreírle más y aprender más de su sonrisa. Porque ahora sería mejor persona.

jueves, octubre 04, 2007

Birmania libre

Hoy pensaba escribir algo. Tengo el don de la oportunidad, pero al revés. Porque hoy resulta que no toca inspirarse.

Hoy los bloggers nos hacemos abanderados del silencio para gritar con una sola imagen por la libertad de un pueblo que lleva demasiado tiempo oprimido, pisoteado, ninguneado, explotado, engañado... jodido. La religión, por una vez, ha dejado de ser opio para convertirse en denuncia humana, andante, contante y sonante, y éste es el resultado:

lunes, octubre 01, 2007

Catarro de otoño

Después de su mujer, yo. Y antes que yo, M. Sencillo.

Pero lo de M. vino después de decirme que yo era “un soplo de aire fresco en su vida”.

Ahora lo veo claro. A ciertas edades, el aire fresco termina en catarro.

Foto: "Otoño en Madrid"

domingo, septiembre 30, 2007

Como en una película

Nunca he visto la nieve.

Aquella frase me conmovió. No la frase en sí, que era como si yo hubiese dicho “nunca he estado en Nueva York”, sino el modo en que la dijiste. Con esos ojos, cansados de haber pasado toda la noche en vela, oyendo la música de la fiesta. Porque bailar, lo que se dice bailar, no bailaste mucho. No te enfades, pero no tienes pinta de bailón. De hecho, cuando te pusiste a bailar conmigo, me pisaste unas cuantas veces mientras yo pensaba “qué suerte ha tenido mi amiga: su ligue baila mucho mejor que el mío”.

¿Nunca has visto la nieve?

Moviste la cabeza, y esa fue toda tu respuesta. Después vino el beso, un beso casto y puro, pues la pasión inicial ya había pasado de largo. Yo sabía que, si decía eso, me besarías. Aunque en realidad no sé si fui yo quien te besó a ti. El caso es que sabía que habría beso. Porque siempre ocurre lo mismo. Uno de los dos dice una tontería y el otro repite la misma sandez, pero en forma de pregunta; entonces, conmovidos por la comprensión mutua, los dos se besan. Al menos así es la historia en las películas.

Foto: "El beso del Hotel de Ville", de Robert Doisneau.



lunes, septiembre 24, 2007

Confesiones


Yo te estaba esperando.
Más allá del invierno, en el cincuenta y ocho,
de la letra sin pulso y el verano
de mi primera carta,
por los pasillos lentos y el examen,
a través de los libros, de las tardes de fútbol,
de la flor que no quiso convertirse en almohada,
más allá del muchacho obligado a la luna,
por debajo de todo lo que amé,
yo te estaba esperando.
Yo te estoy esperando.
Por detrás de las noches y las calles,
de las hojas pisadas
y de las obras públicas
y de los comentarios de la gente,
por encima de todo lo que soy,
de algunos restaurantes a los que ya no vamos,
con más prisa que el tiempo que me huye,
más cerca de la luz y de la tierra,
yo te estoy esperando.
Y seguiré esperando.
Como los amarillos del otoño,
todavía palabra de amor ante el silencio,
cuando la piel se apague,
cuando el amor se abrace con la muerte
y se pongan mas serias nuestras fotografías,
sobre el acantilado del recuerdo,
después que mi memoria se convierta en arena,
por detrás de la última mentira,
yo seguiré esperando.

Luis García Montero

domingo, septiembre 23, 2007

Lo siento en el alma

Se echa la mano al estómago, pero dice que lo que le pasa es que no siente el alma.

Yo le pregunto qué es eso. Eso de no sentir el alma. O de sentirla. Cómo sabes que la tienes, dónde está, qué señales te envía, dónde te duele, cómo se acaricia.

Y entonces, sin quitarse la mano del estómago, me mira, como con hastío, como si todas las palabras del diccionario no fueran suficientes para explicarme qué es eso de no sentir el alma. Para que yo fuera capaz de comprender cómo se siente. O peor aún, que no se siente. Que no siente nada. Y que la ausencia de sentimiento es peor que el dolor. Peor que el peor de los dolores. Que el más tortuoso de los martirios.

Y me dice, como displicente, que el alma es lo que te ayuda a respirar. Lo que hace que el aire aproveche. Lo que convierte la alternancia entre inspiración y espiración en algo más que una simple función fisiológica mecánica e involuntaria.

Y termina señalándome que no siente el alma porque, aunque respira, parece que se ahoga.

Yo, torpe, sólo puedo decirle que lo siento. Que lo siento en el alma. Y él me dice "qué suerte tienes", me da un beso en la mejilla, se sube el cuello de la chaqueta, da media vuelta y enfila la escalera del Metro abajo para volver a casa. A buscarse el alma. A buscarla.

miércoles, septiembre 19, 2007

Del ruedo a la pasarela

El vestido de goyesco de César Jiménez made in Montesinos está dando más vueltas que el baúl de la Piquer. El madrileño se lo puso para su cita del Dos de Mayo y no hizo nada del otro mundo -casi tampoco de éste-, pero, ya quitado, ojo lo que da de sí la prenda en cuestión: de Las Ventas a Cibeles pasando por vaya usted a saber cuántos otros flashes. Total, lo que se han de comer las polillas, que lo vean las cotillas, ¿no? (Nota al margen: no me digan que Laura Sánchez no tiene torería... para que luego digan que los trajes de torear no son aptos para mujeres).

Fotos: www.las-ventas.com y Juan Echeverría.

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