"Sólo soy una niña de un pequeño pueblo en Georgia, quien tenía este gigantesco y absurdo sueño". Así, como si de una Cenicienta moderna se tratase -muy a lo Pretty Woman- se definió Julia Roberts en el homenaje que el rindió el viernes la Cinemateca Estadounidense.Y resulta que la "niña" en cuestión, que quiso ser veterinaria pero estudió periodismo, terminó por convertirse, con poco más de veinte años, en la actriz mejor pagada de Hollywood, y hoy, dos décadas después de su salto a la gran pantalla, va por la vida pertrechada de una filmografía que supera la treintena de películas -en su mayor parte, grandes éxitos de taquilla-, un Oscar a la mejor actriz -por Erin Brockovich-, dos Globos de Oro a la mejor actriz -de nuevo por Erin Brockovich y Pretty Woman- y otro Globo de Oro más a la mejor actriz de reparto -esta vez por Magnolias de Acero-.
Para qué negarlo: me gusta la Roberts. Me gusta su sonrisa, clara y amplia, afable, aunque haya quien diga que tiene la boca como un buzón de correos. Me gusta su serenidad. Me gusta su vena camaleónica, su capacidad para adaptarse a cualquier tipo de mujer, por dentro y por fuera, delante de la cámara. Y me gusta su discreción. Esa difícil facilidad con la que la "novia de América" logra que, pese al indudable interés que despierta, no trasciendan a la esfera pública detalles de su vida privada que ella quiere seguir manteniendo como tales. Privados.
Creo que mañana volveré a ver Pretty Woman. Y después Novia a la fuga. Y eso porque no tengo La sonrisa de Mona Lisa ni Me gustan los líos, que dice mi primo Iván que fue el detonante para que me decidiera por someterme a la tiranía de la tecla. Tendré que volver a verla, por si acaso recuerdo alguna otra razón más para entender mi pasado, explicar mi presente y predecir mi futuro.








