jueves, octubre 09, 2008

Mi verdadera historia. Del "amor" y otros apaños

[...] Pues eso, que el Príncipe de la Cartera Sin Fin y el Pelo Engominado llegó. Ángel se llamaba el amigo. Y entonces le pidió salir, muy formal y muy correcto, a la Dama de las Tetas Grandes y la Celulitis Pequeña, a la sazón Vanessa Meseta Tejelavieja, un nombre aristocrático donde los haya, que no olvidaré mientras viva, quizá por la "e" reiterativa que se eleva y revolotea, estirada, entre mis esperpénticos recuerdos. Le pidió salir, decía. Y la llevó al cine. Y le regaló modelitos de Zara. Y rositas de la china... para ella sola, no como el bueno de Paco, que compraba una para siete, algo así como el grito de guerra de los mosqueteros, pero en versión clase media-media-media-baja. Y pendientitos de perlitas, con su gargantillita a juego. Y pulseritas. Y sortijitas. Y hasta creo que puso su granito de arenita en el vestidito de novia que lució, blanca y radiante, la buena de Vanessita cuando, seis años después de la primera cita, rubricó, con la vista puesta en la Visa Oro de su querido Angelito, aquel compromiso hiperbólico disfrazado de diminutivo.

Y como ella lo que quería era ser mamá y él lo que quería era no escucharla a ella más de lo justo y necesario, pues él puso su semillita y ella, lo restante. Los mareos, las náuseas, los antojos, el “mírame aquí que me duele allí”, el “dame masajitos en los pies que me pica la barriga” y el “vete a dormir al cuarto de invitados, que me despiertas al quinto de tus ronquidos”. Y así.

Y ella tuvo a su niña. Jennifer María, creo que se llamaba la criatura. Y él, una cama más pequeña al lado de la ventana y los pies fríos para el resto de las noches de su vida.

Por cierto, que no sé bien qué habrá sido de ellos. Me perdí entre los lazos y los faldones del bautizo de la criatura.

Yo es que, ya se lo he dicho, no tengo instinto maternal. Bueno, creo que, en realidad, no tengo instinto de nada más que de supervivencia. Y sólo a veces.

Por ejemplo, hoy me he empeñado en burlar esa patraña del afán de permanencia en el mundo. Nooooo, no piensen que he intentado suicidarme. Qué va. Soy demasiado vaga para eso. El instinto de supervivencia a punto ha estado de quedar hecho trizas gracias a mis nulas artes sobre las dos ruedas. De la bici.

Continuará...

21 comentarios:

  1. me parece triste la historia porque creo q es muy cotidiana!!!q penita chica, algunas parecen q den los pasos en su vida pq este escrito en algún libro q haya q darlos, "ahora ten un novio, luego casate, siguiente paso ten un hijo"buaj!!!!!q royo me he pegao!!

    ten cuidado con la bici!!

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  2. Estoy muy de acuerdo contigo, Tesoritos... Hay gente que vive como por inercia y es una verdadera pena. ¡¡Y luego resulta que los raros somos los demás!! Tiene narices...

    Sí, tendré cuidado... A ver lo que pasa en el próximo capítulo.

    Besos.

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  3. el novio de mara9:56 p. m.

    hola!
    me gustó el texto. tiene ritmo y buenos enlaces de palabras. me gusta.
    un saludo!

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  4. Anónimo11:33 p. m.

    Noelia, deja la bici, que el deporte solo trae disgustos, mejor las charletas con los amigos, los viajes, las comidas, etc.
    Bueno si la condicion para no tener esa vida que cuentas de "la Vane", es la bicicleta, adelante con ella, pero con cuidado.
    A tus pies
    Salud
    El Coronel

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  5. El problema es que, para dejar la bici, primero hay que cogerla... ¡¡y yo no he superado la etapa inicial!! Jejejeje...

    Besos.

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  6. Acabas de invocar a la magia negra de Google con el nombre y apellidos de la de las tetas grandes. Según mis experimentos no tardará mucho en buscarse y en encontrarse. Esperemos que no sepa dónde vives xD

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  7. Pobrecita la niña, con esa madre autómata del convencionalismo y ese crimen de nombre... Pero como siempre la realidad siempre supera a la ficción.

    Sigo siendo "adicta" a tu "verdadera historia"

    Mil besos ¡GUAPA!

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  8. Ehhhhhhhhhhhh... ¡¡¡que el nombre era inventado!!! ¡¡¡Lo juro!!!

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  9. Ale, cambiado queda. Por si las moscas. De verdad que todo lo que sale aquí es inventado. Sobre todo los nombres. Y mucho más si son apellidos. PALABRITA.

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  10. Lo de Jennifer María me ha llegado al alma... ¿Qué le habrán hecho los críos a esos padres que les torturan con nombres que les generarán burlas y más burlas en sus años escolares...?

    Yo nunca dominé esto de la bici, no...

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  11. Jajajaja... ¿No oíste lo de Kevin Costner de Jesús? No sé si es leyenda urbana...

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  12. ¡Qué bueno Noelia! Ya regreso después de haberte tenido abandonaíta (como a mi misma memoria, que no he tenido tiempo ni de respirar) ¡Qué buena la historia! ¡Qué buen escrito! Y que guasa, madrecita linda. A mí se me quedó clavado lo de Dolores Fuertes de Barriga, pero creo que también es una leyenda urbana. Lo de Jennifer María mola...

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  13. Anónimo10:46 a. m.

    Noelia, que importante lo de los nombres, no es lo mismo que te llamen "La Vane" a que te llamen "La Jeni". Vane, es como mas serio, mas aristocratico. Fijate tu, yo con mi nombre de culebron venezolano y no me como en colin.
    A tus pies
    Salud
    El Coronel

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  14. Jajajaja... yo, como tengo nombre de canción, no me como ni un colín ni una maldita corchea.

    Arancha, guapa... Yo también me tengo abandonada a mí misma... y a ti también. De hoy no pasa que me dé un garbeo por tu palacio de letras.

    Besos a los dos.

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  15. Noelia, la que acabas de contar es la historia de muchas mujeres, sólo que exagerada por tanto diminutivo.

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  16. Hombre, claro... de eso se trata, de exagerar, ¿no?

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  17. Te hago un link porque si ¿por qué no? desde mis blogs terapia. Me gusta lo que escribes y sobre todo, cómo escribes.
    Un beso!

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  18. Gracias, Lidia... En un ratín me paso por el tuyo.

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  19. Yennnyyyyyyyyyyy ven pa de comé con tu papaaaa!!!

    Muy bueno, Noe, jajaja. Lo jodido del caso es que hay muchos hombres que duermen con los pies fríos de por vida, muchas tías de tetas grandes que se casan por una visa y mucho retoño surgido de unos amores tan convencionales como estos, perlitas y gargantillita incluídos.

    Te quiero, princesa. :)

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  20. Pues sí. Creo que, por suerte, tú, servidora y otras pocas princesas más de nuestro selecto club nos salvamos de la quema.

    Yo también te quiero, reina mora.

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