martes, octubre 21, 2008

Mi verdadera historia. Tribulaciones sobre dos ruedas

[...] Resulta que hoy me he sentido como imbuida por una especie de exaltación deportiva y le he pedido la bici a Chihuahua. Digo yo que bien podría haber desempolvado el banco de abdominales que compré cuando empecé a salir con Arturo, por aquello de remozar la barriguita, y haberme quedado, sube y baja, sube y baja, delante de la tele, con un platito de patatitas fritas en la mesita del salón, y mi cocacola al lado, con su hielito y su rajita de limón y todo. Pero no. He visto que la tarde se me iba de las manos y me quedaba, como los vampiros, sin catar ni un mísero rayo de luz solar y me he dicho: “¿Qué tal si mueves tu celulitis, vuelta y vuelta, vuelta y vuelta, y el airecito serrano te oxigena las neuronas, que las tienes muy perjudicadas?”. Y chica, dicho y hecho, allá que he ido.

Podría haber salido a andar un rato, pasito a paso, pasito a paso, pero no. Me ha parecido como de marujilla. Ya me veía yo con la batita de salir, con sus florecitas y el cinturón con la hebilla forradita a juego, con las alpargatas de cuña y el pañuelito en la mano, para enjuagar los sudores postmenopaúsicos, cortando trajes a toda la vecindad y poniendo cara de póker a los niños que se cruzan por delante en busca de un columpio recién liberado... y como que no. Como que prefiero guardar esa estampa marujil para más adelante.

Pero el caso es que yo quería que me diera el aire, y entonces he salido a la terraza y allí la he visto. Radiante. Llamándome. Diciéndome desde el cuentakilómetros: “Mira, guapa, mira qué sillín que tengo... mira qué platos... y qué piñón, oiga, qué piñón... cómo lo tengo... ¡cómo lo tengo!”. Y entonces he vuelto a entrar en el salón, todo lleno de ropa recién recogida de la cuerda, esperando una racioncita de plancha para tomar, y con Chihuahua cual majo a medio vestir, vegetando detrás de un paquete de donettes, tiradito en el sofá. Y la bici llamándome. Y Chihuahua mirando embobado la pantalla del televisor. Porque apuesto a que no ve más allá de las formas deformes que se escapan de los rayos catódicos. Vamos, que ve pero no mira. O mira pero no ve. O sea, que no se entera. Y la bici llamándome...

Y entonces le he dicho a Chihuahua si me dejaba dar una vuelta en la bici. Y él, sin despegar los ojos de la lluvia catódica, me ha dicho que si estaba loca. Que yo no sé ni montar en bici. Y yo le he dicho que sí, que en el instituto me hicieron un examen. Que bueno, que lo aprobé por los pelos, pero que sí, que subirme, me sé subir, y que oye, que mal que bien, que yo creo que sí, que puedo mantener el equilibrio. Y entonces me ha dicho que ni siquiera llego a los pedales. Y yo le he dicho que tenía entendido que los sillines se suben y se bajan. Que al menos el sillín de la bicicleta estática de Arturo subía y bajaba, pero que claro, que era Arturo el que sabía subirlo y bajarlo, que yo bastante hacía con ponerme ahí arriba y darle un poquito a los pedales. Y que si él no me puede bajar el sillín. Y entonces me ha dicho que cuánto hace que fue aquello del instituto.

Y yo me he puesto a hacer cuentas y entonces, como me parecía insultante responder a la pregunta, he vuelto a salir a la terraza y yo solita he bajado el sillín de la bici. Y hasta me he subido, apoyándome en la barandilla –a la que, por cierto, no le vendría nada mal una sesión de lija y otra de barniz-, para comprobar que lo dejaba a la altura correcta. Y le he dicho a Chihuahua que ya no tiene que bajar el sillín, y que si me la deja, la bici, vamos, que total, que él no la usa porque el único deporte que a él le gusta últimamente es el nothing –o sea, el no hacer nada de nada- y que claro, que la tiene a la pobre toda abandonadita. Y que yo no tengo la culpa, que era ella la que me estaba llamando para que la rescatase de su aburrimiento. Y entonces él ha dejado de mirar la tele, me ha mirado con cara de pena y me ha dicho: “Estás más loca de lo que yo pensaba”; y, aunque yo sé que no piensa, me he sentido un poco tonta, y a pesar de todo, he cogido la bici y la he bajado en brazos por el portal –es que las dos no cabemos en el ascensor- y con ella que me he ido de paseo.

Continuará...

4 comentarios:

  1. Yo te entiendo, no te creas tu que no, te entiendo, y mucho cuando dices que la bici te llama, La mia tambien lo hace, ... la pobre, esta alli, al lado del coche y en cuanto me ve entrar en el garage me dice...cógeme, cógeme, que soy mas ecologica que el coche.. que soy mas sana, Pero oye..que no se por que será, pero eso de que una bici me llame y me hable me da como mal rollo..asi que acabo cogiendo el coche, que yo no se si es que es mudo o el pobre no sabe hablar, pero esta calladito. Y al fin y al cabo es como tiene que estar un coche, no?...calladito . Ya le hare caso a la bici cuando no me de mal rollo (o cuando el coche empiece a hablarme)..

    Saludos y sigue escribiendo que lo haces genial.

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  2. Jejeje... Muchas gracias y bienvenida al blog.

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  3. Anónimo10:50 p. m.

    Noelia, en este viaje un ¿amigo? me ha invitado a dar un paseo por la playa y al final estuvimos andando 7 kilometros y ahora estoy con agujetas hasta en las orejas.
    No cojas ninguna bicicleta, ni nada que te haga sudar. No puede ser saludable.
    Yo en una barra de bar, no he sudado nunca.
    Besos
    Salud
    El Coronel

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  4. Jajajaja... bueno, a mí me mola sudar bailando. Y luego, en el plano deportivo, me gusta más la natación, que es más limpita, sin sudor alguno.

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Gracias por contribuir a este blog con tus comentarios... pero te agradezco aún más que te identifiques.

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