martes, septiembre 16, 2008

Vuelta al cole

El estado de abandono de este blog empieza a preocuparme. ¡¡Con lo bien que lo llevaba este verano!!

Lo cierto es que, sin afán de buscar excusas porque sí, he de decir que no tengo tiempo p'a ná. Pero p'a ná p'a ná. De verdá.

Ahora mismo estoy actualizando en unas condiciones difíciles de describir. De hecho, ni siquiera voy a intentarlo. Digamos que entre los huecos que me dejan las tareas de recoger la ropa recién planchada, prepararme la comida de mañana, echarme potingues en la cara y crema anticelulítica en las cartucheras, aporreo las teclas un rato -y a todo esto me doy cuenta de que necesito una manicura urgente, porque hoy he empezado la piscina, que toca "vuelta al cole", y el remojo deja al descubierto unas cuantas carencias en mis cutículas-.

En fin, que no me enrollo, que la cama me llama a gritos -ojo, la cama... nada más que la cama... bueno, y un edredón que he recuperado de cuando era una enana... de edad, porque en estatura no he crecido demasiado, la verdad-.

Anoto mis deudas: nuevos capítulos de hombres en la almohada, de suegras y de historias ¿verdaderas?.

Pero, antes de saldar estas, he de pagar -y muy gustosa- un par de deudas más. La primera, con Fanny, que me ayudó a quedar fenomenal con estos encarguitos tan monos:


La segunda, con mi hermano, que me trajo estos regalitos de tierras irlandesas:


Y la tercera, con mi madre, que tiene la aguja desatada y ya ha entregado su primer gran encargo: un vestido negro de fiesta absolutamente impresionante (ahí colgado, en la percha, no parece lo mismo, la verdad):


En fin... ¡¡Feliz vuelta al cole para todos!!

miércoles, septiembre 10, 2008

Un premio por hacer de lazo


No tengo vergüenza. Ni vergüenza ni perdón de Dios. Llevo sin actualizar esto casi una semana y lo peor de todo no es que me pueda la vagancia, sino que la vagancia se lleva por delante la buena educación. O casi.

Resulta que hace ya cuatro días que mi querida Mara me dio un premio. Un galardón siempre le otorga a una un plus de autoestima. Un pelín de ego. Una sonrisa, al menos. Sobre todo cuando el premio en cuestión se otorga por cosa de la amistad. En honor a. Por y para. Por fomentarla. Para que no se pierda.

Mara es un sol. Ya lo dije en mi frustrada Semana del Blog -que al final sólo tuvo dos días-. Yo el premio no sé si lo merezco, pero desde luego que no piensa servidora ser ella quien corte la cadena de los lazos, de las amistades que se encuentran casi por casualidad, de las sonrisas que llegan por una palabra sorpresa, de las confesiones a media voz desde un blog cómplice, de las tiritas que se le ponen al alma cuando está rota en mil pedazos y sale una caricia al paso para amortiguar el dolor seguro de la caída.

Así que, ahí va, primero, el quid de la cuestión:

A todas nos encantan los blogs, donde en la mayoría de ellos sus objetivos son mostrar las maravillas y hacer amistades; hay personas que no se interesan cuando les damos un premio y de esta manera contribuyen a cortar esos lazos; ¿queremos que se corten o que se propaguen? ¡Entonces tratemos de prestar más atención a ellos! Así que este premio debemos entregarlo a ocho bloggeras que a su vez deben hacer lo mismo y poner este texto.

Y mis ocho bloggers son:

-Javi Boix: porque le descubrí en la blogosfera, y porque me demostró ser un amigo cuando lo necesitaba.

-Ladysteffi: ella ya sabe por qué. Será mi amiga siempre. Con o sin blog.

-Juan R. Millán: también lo conocí en la blogosfera. Y también me demostró que está ahí. Siempre.

-Lunaro: Ídem.

-Retorno a Manderley: qué decir de uno de mis fieles... y de uno de los mejores cinéfilos -con permiso de Juan, claro-.

-Jon: su alegato del Sinsombrerismo es un soplo de aire fresco. Llegó a través de amigos comunes que no sabíamos que compartíamos. Y se quedó. Y me quedé.

-Mi Vicky: tengo poco que decir porque ella ya lo sabe todo. Es mi amiga. Y es una tía cañón. En todos los sentidos. Y que conste que a mí me van los tíos, ¿eh?

-Musa: ¡Ay, Musa, que no me actualizas nada! Te debo una. Una detrás de otra, quiero decir. Y pienso pagártelas. Todas.


Gracias a todos. Por todo. Y seguid ahí, porfa. Que me dais una alegría con vuestros comentarios. Aunque suene egoísta.

jueves, septiembre 04, 2008

Mudanza de emergencia

Salió de su casa para pasar la tarde de domingo con una amiga y nunca volvió a dormir entre esas cuatro paredes.

A media tarde, una llamada la sobresaltó. La siguiente la inquietó todavía más. Y más aún la que habría de llegar después.

No tenía que hacer nada. Nada excepto evitar volver a la que había sido su casa durante quince años.

Los demás ya se habían encargado de hacer la mudanza de emergencia. Le habían cogido toda la ropa que había cabido en dos o tres bolsas, su ordenador portátil, algún que otro potingue del cuarto de baño y se lo habían llevado a una casa nueva, en un pueblo nuevo, que nadie, nadie más que ella, ¿lo entendía?, debía conocer.

Sacaron sus cosas por la ventana que daba a la parte trasera del edificio. Al otro lado de la valla de la urbanización, un coche medio escondido esperaba para llevárselas. Nadie debía saber nada de aquello.

Desaparecerían sin dejar más rastro que el teléfono móvil encendido.

Cualquier pista suponía meterse en la boca del lobo. Meterse más. Más aún.

Porque lo cierto era que llevaba en la boca del lobo algo así como media vida. Y no sabía si con aquella huida iba a ser capaz de salir.

Hoy hace exactamente tres años de aquello. Nueva casa. Y otra casa nueva más. Y otra. Tres casas en tres años. Y tres mudanzas. Y más de tres trabajos. Y más de tres hombres. Y quizá un solo amor. Y un puñadito de amigos.

Y un funeral. Y una tumba sin lápida. Sin nombre. Sin fechas. Sin recuerdos. Con el peso inconstante y leve y ruin de las moscas. Y eso solo en verano.

Si fue capaz de renacer después de todo aquello, se dice, también tiene que ser capaz de renacer ahora. Aunque le falte el aire. Aunque le sobre esa opresión perenne en el pecho. Aunque las noches se sucedan con los días en una danza macabra en la que todo son preocupaciones e inseguridades.

Total, hoy hace tres años que le cambió la vida. Quizá sea una buena fecha para que vuelva a cambiar de nuevo.

martes, septiembre 02, 2008

Mi hada particular

La descubrí por casualidad. Me la encontré. Parecía que me estaba esperando. Sin prisa. Agazapada tras el bello velo de la elegancia. Como si le sobrase el mundo entero. Como si su vida fuera sólo una excusa para bordar de sueños cada madrugada.

Cuatro letras. Ni una más. Creo que por aquel entonces ni siquiera gastaba foto. Ni color. Una letra y un enlace.

Me enlacé.

Y desde entonces no me he desenlazado nunca.

Porque Mara me ha enganchado. Me ha hecho sentir que lo que yo siento, aunque no lo parezca, tiene sentido. Si es que el sentido se mide por la cantidad de personas que sienten lo mismo que siento yo. Que no estoy tan sola como yo pensaba en esta batalla absurda, mas impostergable, de la búsqueda de la belleza. En este dejarse el corazón a cada paso. En este regar de ilusión el terreno baldío de la rutina. En este ser soñando mientras el sueño te vence y te deja dormida.

Efectivamente, Mara, las hadas existen. Y tú eres una de ellas.

Feliz semana del blog.

lunes, septiembre 01, 2008

I work hard for the money

Si queréis saber lo que ha sido de mi vida en el último mes, echadle un vistazo al vídeo (con un poquito de imaginación, eso sí, que, aunque ando escasa, todavía tengo algo de glamour).

Ah, y abstenerse los que piensen criticarme porque me gusta el dinero. No me ofende. Al menos lo gano limpiamente. Y, total, si digo que me escuerno por cuestión de moral, no me va a creer nadie...



Donna Summer,
She works hard for the money.

domingo, agosto 31, 2008

El Día del Blog

Blog Day 2008


Por poco llego tarde al Día del Blog. Yo y mi reloj vital. Manda huevos. No veo la luz y sólo me entero de la hora que es porque todo mi ser se revoluciona cuando oye la sintonía de un informativo. Los veo todos. Cambio de canal de forma compulsiva. Para mí, las 14, las 14.25, las 15, las 20, las 20.30 y las 21 son horas sagradas de reunión con los rayos catódicos.

Y fuera de eso, poco. Teletipos, internet y boletines informativos.

Pero creo que merecerá la pena. Y si no... No, coño, no. Si sí. Que merece la pena fijo. Que hay que pensar en positivo, como diría Rhonda Byrne. ¿O era Van Gaal?

Bueno, disquisiciones ciclotímicas aparte, resulta que me quedan dos minutos para recomendar cinco blogs. Y lo tengo chungo, porque cada día visito más. Así que he decidido que durante esta primera semana de septiembre, y sin que sirva de precedente, iré mencionando cada día unos cuantos blogs más en lo que a partir de ahora bautizaré como "Semana del Blog". Que p'a chula yo.

De momento, ahí van mis primeros elegidos:

- De pezón a rabo. Exquisito. Con clase. Con agallas. Cruzado siempre al pezón -digo al pitón- contrario. Sin pudor. Con poder. Con maestría. Y a quien le pique, que se rasque.

- La fábrica de sueños. Un lujo para los sentidos. Porque empiezas leyendo, pero con esas letras ves, oyes, acaricias, hueles y hasta saboreas. Deleite del bueno.

- El mundo por montera. Ídem de ídem. Y no quiero repetirme, que luego huelo a ajo.

- Mirada críptica. Poesía en una letra. Un universo en una estrofa. El alma en una línea. El corazón desnudo y la desnudez amarga, mas, con todo, excelsa.

- 13. Un número maldito para una pluma tocada con la varita del duende. De reciente descubrimiento, pero de paso obligado.

Sí, ya sé que son todos femeninos. Y muchos feministas. Y qué. A estas alturas de la vida, me rodeo de lo que me da la gana. Y estas auténticas señoras me dan ganas de ser más yo. O de ser, que ya es.

sábado, agosto 30, 2008

Soy canela

No, no voy a perdonarte. Me has jodido, y no voy a perdonarte.

Me dices que todo lo haces por mi bien, que sólo quieres lo mejor para mí, que no quieres hacerme daño, y la verdad es que, aunque no has tenido las agallas de dejarme, porque para dejarse hay que tenerse antes, no has dejado de clavarme puñales, uno detrás de otro, y otro, y otro más, y más, y más, para no dejar de hacerme de menos.

Y lo último fue dejar que fuese yo quien te dejase. Provocarme hasta el hastío. Machacarme el corazón con la distancia. Y hacerme creer que la distancia no es el olvido. Que la lejanía no impide el recuerdo. Que vivir no es irse muriendo a cada rato.

Vas por la vida haciéndote pasar por caviar del bueno, pero no eres más que morralla. Morralla que ni siquiera vale para hacer un fondo de arroz a banda, porque atufa todo lo que toca. Porque todo lo llena de barro. Porque todo lo hace gris. Porque todo lo borra. Porque todo lo arrasa. Porque convierte el diamante en yeso. Porque hace de la rosa un hierbajo. Porque consigue que la canela sepa a hiel. Y que, después de todo, el festín de la vida no sepa a nada.

Por eso no voy a perdonarte. Porque mi vida sabe a mucho. Y tú lo sabes. Aunque no hayas querido ni probarla.

Mejor. Yo, querido, soy canela. Siempre lo fui y voy a volver a serlo.

Y la canela y el caviar se dan de hostias. Sobre todo si el caviar es sucedáneo.

P.D.: Va por ti, Condesa. Y por ti, Arancha. Y por ti, Ana. Y por todas las ramas de canela que derrochan su aroma en el plato equivocado.

jueves, agosto 28, 2008

Tal día hizo un año

No es que quiera copiarme de Mara. Cierto es que ando jodida de inspiración. Bueno, más que de inspiración, de tiempo. Pero tenía pensada esta entrada desde hace días.

Porque el calendario vuelve tras sus propios pasos, recupera el aliento perdido y hace que lo volvamos a perder cuando respiramos recuerdos infaustos y el dolor vuelve a llenar los pulmones. Te zarandea, te pega una bofetada, y otra, y otra más, y quisieras recordar que recordaste que no ibas a olvidarlo, pero tanto regreso al pasado te deja sin fe en el futuro y sin ganas de presente. Y todo porque lo que ya no está se hace más presente que nunca.

No quería volver a la tristeza. Con Barajas ya tuve suficiente. Pero, qué quieren que les diga, que una es sentimental. Que se empeña en ser de piedra, pero no puede. Que quiere no querer, pero termina por amar. Que quiere no sufrir, pero se muere de pena. Que quiere no recordar, pero en ciertos momentos es incapaz de mirar hacia delante.

Como ahora. Como entonces.

Como cuando Puerta dijo adiós. Como cuando el destino, no se sabe cómo ni por qué, decidió que ya había vivido bastante. Y eso que prácticamente no había empezado. A vivir, digo. O a disfrutar de la vida. De la miel. Porque vivir sin miel no es vivir del todo.

Por eso ahora quiero recuperar lo que escribí en ese momento. Lo que sentí. Lo que pensé.

Y sólo deseo que ahora, trescientos sesenta y cinco días después, el dolor haya dejado de ser un golpe constante para convertirse en una presencia ineludible, sí, aciaga, sí, pero, al fin y al cabo, sólo presencia.

Aprender a soñar

Se puede freír un huevo en la acera, pero ella tiene la piel de gallina. Lleva así desde el sábado, cuando le vio desmayarse, sin saber por qué, para luego levantarse como si nada y después, como si nada de nuevo, volver a quedar inconsciente.

No entiende nada. Si él se cuida, se repite. Si es mucho más joven que yo. Si acaban de hacerle un examen médico y le han dicho que está perfecto. Si... No.

No puede dormir y no puede tomar nada para intentarlo, porque le han dicho que es malo para el bebé. De todos modos, ella tampoco quiere. Dormir. Tiene miedo a cerrar los ojos y verle ahí, mirándola, susurrándole, como alguna de las últimas noches, que la quiere. No quiere verle porque sabe que la cabeza le va a jugar una mala pasada, que se va a terminar creyendo que es verdad, que él está ahí, y entonces va a abrazar la almohada como si le rodeara con sus brazos, y en algún momento va a despertarse y, al verse asida al trozo de algodón, se va a sentir ridícula.

No quiere dormir sola. La cama, de pronto, es demasiado grande. Le sobra espacio. Le sobra espacio, pero le falta el aire.

Mientras trata de respirar, se dice que se lo ha pensado mejor. Que quiere estar con él, seguir a su lado, aunque sólo sea ya en sueños.

Entra en la habitación y va directa al armario. Coge una de sus camisas y se la lleva a la cara. Parece como si acabara de quitársela porque, aunque está recién lavada -le parece que la colgó el mismo sábado-, mantiene un olor intenso a él. O al menos eso le parece.

Ya está. Ya lo tiene algo más cerca.

Y ahora un poco más. Ya sabe cómo. Va a aprender a soñar con él todas las noches. Así, duerma donde duerma, estará con él cuando llegue la última luna.

Sólo le queda saber dónde se aprende a soñar. Dónde, si su sueño se cumplió y acaba de despertarse a bofetadas.

lunes, agosto 25, 2008

Mi verdadera historia. Que te den... silicona

[...] Mi amiga Gemma dice que por qué me deprimo cuando me preguntan por mis hijos. Que por qué me sienta tan mal, si no tengo, pero tampoco quiero tenerlos. Y yo le digo que yo qué sé. Que lo malo no es no tener hijos –porque nunca he tenido suficientes gramos de eso que llaman instinto maternal-, sino no tener con quién tenerlos. Que eso es lo peor.

Porque, díganme ustedes: si ya está complicada la vida para encontrar un buen candidato a hombre objeto de unos cuantos restregones bien dados, imagínense las proezas que una tendrá que hacer para encontrar al padre perfecto.

Yo tenía una amiga que, más que nada en la vida, lo que quería era ser madre. Bueno, mamá, que siempre fue muy pija y, como tal, amiga de los diminutivos. La chica era mona, la verdad. Monísssima. Salía con quien quería, la muy... la muy avispada, dejémoslo así. No sé bien cómo lo hacía, pero sorbía el seso a todos los tíos buenos del instituto. Y las demás, a dos velas.

Yo creo que era por las dos... por las dos... por la delantera que tenía la amiga, vamos. Esas cosas llaman mucho la atención, sobre todo en el instituto, cuando el común de las chavalas estamos todavía cual tabla de windsurf. En esos años, normalmente las que tienen tetas las tienen porque les sobran kilos y, en lugar de aposentarse en las cartucheras, se les cuelan en la masa pectoral. Y, puestos a elegir, los chicos, crueles ellos, suelen preferir el deleite de un buen solomillo a la parrilla antes que las carnes de la vaca de Milka.

Pero claro, cuando las tetas en cuestión no vienen precedidas por una declaración de sobrepeso, la cosa cambia. Cuando a las tetas se suman una cinturita de avispa, unas piernas sttupendas y bien depiladas, un pelo... que qué pelo, y una carita sin granos ni ningún otro rastro de desórdenes hormonales fruto de la pubertad mal entendida... entonces las tetas se adaptan al imaginario popular y al evidente refranero y sí, sí que tiran más que dos carretas. Y más que la grúa municipal.

Y a lo que iba, que mi amiga, más que nada, lo que tenía era un par de tetas pero que muy bien puestas. Y claro, a los tíos les ponía en un estado de erección suprema permanente e imperecedera. Aunque eso lo pienso ahora, que por entonces era yo muy casta y no me fijaba en las partes impúdicas de la anatomía masculina.

Y los tíos se la rifaban, vamos. Y a las demás, que nos dieran. Que nos dieran silicona, entre otras cosas.

Continuará...

miércoles, agosto 20, 2008

Siempre estarán volando

Pensaba escribir sobre algo intrascendente. No sé, quizá sobre una sesión de peluquería. O sobre un trapito nuevo. O sobre alguna aventura pseudosentimental. Yo qué sé.

Despotricaba porque no tenía una noticia que llevarme a la tecla. Porque estaba siendo un verano soso. Frío en lo informativo. Seco de actualidad. Árido de contenidos.

Y, mira tú por dónde, llegó la noticia. La que nadie imaginaba. La que nadie habría querido dar. La que nadie es capaz de asimilar todavía. La que nadie olvidará en mucho tiempo. En todo el tiempo, quizá.

Barajas. Dos cuarenta y cinco de la tarde. Un avión sale con retraso. Tenía que haber salido una hora antes. Se echó atrás, pero la razón es lo único que aún está en el aire.

Nervios. Mal rollo. El estómago se te hace un nudo cuando has de volar y ves cosas raras. Aunque parezcan normales. Pero lo único normal para el común de los viajeros de avión es subir, sentarte, abrocharte el cinturón, ver el trajín de brazos de las azafatas, sentir cómo el avión coge velocidad, intentar quitarte el tapón que suele instalarse en los oídos por obra y gracia de la presión atmosférica, pasar el rato hasta que el destino esté cerca y entonces, ya sí, prepararse para respirar con alivio porque el avión ya tomó tierra.

Hoy no ha sido este el caso. No al menos para quienes viajaban en ese avión de Spanair. Despegaron y, apenas alzar el vuelo, el avión se hizo fuego y se precipitó sobre una pequeña charca. Qué ironía. Una charca de agua estancada para aliviar el infierno de un coloso en llamas.

Han pasado cinco horas, pero la confusión es la reina en la debacle. Empezaron siendo tres o cuatro muertos. Luego veintitantos. Después, más de cuarenta. Al rato, más de cien. Ahora, casi ciento cincuenta. Eso más los carbonizados. Los que, en caso de seguir viviendo, no serán más que muertos vivientes.

Y, con ellos, dos bebés. A ellos sí les han cortado las alas.

Ya nunca podrán volar. O quizá sea mejor pensar que ya para siempre estarán volando.

martes, agosto 19, 2008

... Y llegó Coco

Nunca dos ces dieron para tanto. Dos o tres, según se mire. Dos de "Coco" y una más de "Chanel". Aunque, en honor a la verdad, ni lo uno ni lo otro. Porque el Estilo, así, con mayúsculas, no se llamó nunca ni "Coco" ni "Chanel".

Nació, tal día como hoy, hace 125 años. La bautizaron Gabrielle. Era hija de un ama de casa de pocos -por no decir ínfimos- recursos y de un vendedor ambulante, del que sólo heredó un apellido que dejó de usar pronto: Bonheur. Yo también lo habría hecho: su madre murió de tuberculosis cuando ella tenía seis años y su padre, muy hombre él, hizo el hatillo y dejó tirados a Gabrielle y a sus cuatro hermanos. Siguiente estación: el orfelinato de sus tías.

Llegó a asegurar que no pensaba en otra cosa que no fuera quitarse la vida. Sólo quería que la quisieran. Pero nadie parecía quererla.

Claro que, mientras pergeñaba un plan para desaparecer de la faz de la tierra, aprendió a manejar la aguja y el hilo. Y así fue como, con la destreza de sus manos y la inteligencia a la hora de emplear sus artes seductoras con fines lucrativos, se fue haciendo un hueco en la moda parisina.

Perdón, un hueco no: el sitio. Porque durante décadas no hubo otro nombre en la moda que sonase más y mejor que el suyo. Y que llevase cosido tanto dinero en el forro.

Todas las grandes damas se rindieron a sus pies, tanto o más que sus amantes -que fueron muchos y de muy variados estilos-. Cambiaron el barroquismo que se imponía a comienzos del siglo XX por ese look elegante, de líneas sencillas pero más allá de la simpleza, que Coco Chanel convirtió en santo y seña del glamour eterno.

Me fascina su porte. Su clase. Pero me fascina aún más su espíritu superviviente. Su casta. Sus ganas de comerse el mundo a pesar de desear, más de una vez, que fuese el mundo quien se la tragase a ella.

Me puede su señorío. Su capacidad para reinventarse, una y mil veces, y perpetuarse en el tiempo como una auténtica señora. Aunque naciera pobre y se hiciera puta.

Porque el señorío no se lleva en la cartera. Y tampoco en un largo collar de perlas. Ni siquiera en un bolso acolchado con dos ces cruzadas.

Señora se nace. Como Gabrielle.

lunes, agosto 18, 2008

Mi verdadera historia. En busca de inspiración

[...] Estoy buscando la inspiración, pero no me sale. Yo la llamo, pero la muy... la muy... la muy [pitido sustitutivo de una palabra gruesa] no viene. [Ah, lo del pitido tampoco es mío. Es de la Susi, un personaje encantador de Mendicutti, que me tiene sorbidito el seso –el personaje, no don Eduardo-]. Primero contoneo los labios, como en un susurro, y la requiero como a un lindo gatito. Y nada. Luego voy y silbo, pero, como nunca he sabido perfeccionar mi grito de guerra, aquí no viene ni el Tato. A la tercera, pensando que va la vencida, me decido a llamarla por su nombre. Y entonces caigo en la cuenta de que las musas eran varias, y que yo no me sé sus apelativos, porque nunca hice demasiado caso de la mitología, y que así me va, que ni mito ni logia ni ná de ná. Cero.

Chihuahua dice que es que es imposible inspirarse con la música que gasto. Que hay que tener valor. Que así pasa luego, que nadie quiere acercarse a menos de dos metros de mis escritos, por temor a sufrir una descarga eléctrica. O así.

Y yo le miro y pienso que quizá tenga razón. Y le digo que me proponga algo mejor. Y entonces me devuelve la mirada, esta vez con lástima, se da media vuelta y se va con la tal Patricia.

Cualquier día me abandona hasta el desodorante. Eso será el principio del fin. Porque yo podría aguantar que me abandonase cualquiera, desde mi novio –que no tengo- hasta mi madre, pasando por Paco, Gemma o mi ficus. Cualquiera menos el desodorante. Eso sería el colmo de la caspa, ¿no creen?

Ayer iba en el metro y noté cómo el lactosérum desaparecía de las axilas de mi vecino de asiento. Etéreo e inmaterial, el néctar de la antisudoración recubierta de tersura se evaporaba e iba haciendo añicos la atmósfera plomiza del vagón, al tiempo que se expandía por la estancia un rancio olor a golondrinos. En realidad no sé muy bien a qué huelen los golondrinos –ni a qué huelen las cosas que no huelen-, pero es que, mientras intentaba forzar la metáfora, recordaba las proezas del coronel Aureliano Buendía y no podía resistirme al dolor frenético que el héroe militar de la soledad experimentaba en sus axilas minutos antes de su fusilamiento. García Márquez escribió entonces que Buendía sufría de golondrinos y yo, que, como ya les he comentado, soy bastante autodidacta, me monté la película por mi cuenta y asocié los golondrinos a la falta de higiene sobacal -sí, sí, ya sé que no, pero la imaginación tiene esas cosas. Y la falta de sueño, otras peores.

Puede que a alguien le esté dando el desayuno. O la comida, merienda o cena. En tal caso, reciban mis más sentidas disculpas. Pero imagínense entonces el viajecito que le dio a una servidora el amigo del metro.

Si es que el suburbano tiene estas cosas. Pero también es divertido, no vayan ustedes a creer. Por ejemplo, hay veces que se te sienta al lado un niño que no para de hacer preguntas. Que si cómo te llamas. Que si dónde vas. Que si no te hacen daño esos zapatos tan horteras con esa puntera tan picuda que llevas puestos. Que si por qué te pintas el pelo de rojo. Que si por qué te pintas los ojos como Cruella de Vil. Y que qué dicen tus hijos de todo eso.

Y claro, cuando sale a relucir la palabra “hijos”, puede temblar Roma. O, cuanto menos, mi autoestima.

Continuará...

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