[...] Estoy buscando la inspiración, pero no me sale. Yo la llamo, pero la muy... la muy... la muy [pitido sustitutivo de una palabra gruesa] no viene. [Ah, lo del pitido tampoco es mío. Es de
la Susi, un personaje encantador de
Mendicutti, que me tiene sorbidito el seso –el personaje, no don
Eduardo-]. Primero contoneo los labios, como en un susurro, y la requiero como a un lindo gatito. Y nada. Luego voy y silbo, pero, como nunca he sabido perfeccionar mi grito de guerra, aquí no viene ni el
Tato. A la tercera, pensando que va la vencida, me decido a llamarla por su nombre. Y entonces caigo en la cuenta de que las musas eran varias, y que yo no me sé sus apelativos, porque nunca hice demasiado caso de la mitología, y que así me va, que ni mito ni logia ni ná de ná. Cero.
Chihuahua dice que es que es imposible inspirarse con la música que gasto. Que hay que tener valor. Que así pasa luego, que nadie quiere acercarse a menos de dos metros de mis escritos, por temor a sufrir una descarga eléctrica. O así.
Y yo le miro y pienso que quizá tenga razón. Y le digo que me proponga algo mejor. Y entonces me devuelve la mirada, esta vez con lástima, se da media vuelta y se va con la tal
Patricia.
Cualquier día me abandona hasta el desodorante. Eso será el principio del fin. Porque yo podría aguantar que me abandonase cualquiera, desde mi novio –que no tengo- hasta mi madre, pasando por
Paco, Gemma o mi ficus. Cualquiera menos el desodorante. Eso sería el colmo de la caspa, ¿no creen?
Ayer iba en el metro y noté cómo el lactosérum desaparecía de las axilas de mi vecino de asiento. Etéreo e inmaterial, el néctar de la antisudoración recubierta de tersura se evaporaba e iba haciendo añicos la atmósfera plomiza del vagón, al tiempo que se expandía por la estancia un rancio olor a golondrinos. En realidad no sé muy bien a qué huelen los golondrinos –ni a qué huelen las cosas que no huelen-, pero es que, mientras intentaba forzar la metáfora, recordaba las proezas del coronel
Aureliano Buendía y no podía resistirme al dolor frenético que el héroe militar de la soledad experimentaba en sus axilas minutos antes de su fusilamiento.
García Márquez escribió entonces que Buendía sufría de golondrinos y yo, que, como ya les he comentado, soy bastante autodidacta, me monté la película por mi cuenta y asocié los golondrinos a la falta de higiene sobacal -sí, sí, ya sé que no, pero la imaginación tiene esas cosas. Y la falta de sueño, otras peores.
Puede que a alguien le esté dando el desayuno. O la comida, merienda o cena. En tal caso, reciban mis más sentidas disculpas. Pero imagínense entonces el viajecito que le dio a una servidora el amigo del metro.
Si es que el suburbano tiene estas cosas. Pero también es divertido, no vayan ustedes a creer. Por ejemplo, hay veces que se te sienta al lado un niño que no para de hacer preguntas. Que si cómo te llamas. Que si dónde vas. Que si no te hacen daño esos zapatos tan horteras con esa puntera tan picuda que llevas puestos. Que si por qué te pintas el pelo de rojo. Que si por qué te pintas los ojos como
Cruella de Vil. Y que qué dicen tus hijos de todo eso.
Y claro, cuando sale a relucir la palabra “hijos”, puede temblar Roma. O, cuanto menos, mi autoestima.
Continuará...